El ambiente, ¿una frivolidad? Alejandro Luy

I

Ante la palabra “ambiente” cuál es la imagen que le viene a la cabeza.  No tiene que responderme pero estoy convencido de que las conexiones sinápticas de la mayoría de los venezolanos los llevan a pensar en florecitas y pajaritos.  En otras palabras, ambiente puede tener el significado más naif, comeflor y frívolo.

Aunque la anterior percepción no es extraña para quienes hemos trabajado el tema, en la realidad actual venezolana, esta imagen se exacerba cuando los “problemas reales” de los ciudadanos son hambre y enfermedades, como resultado de erradas o ausentes políticas sociales y económicas que dificultan el acceso a alimentos (por escasez o por carestía) en variedad y cantidad necesaria, y por falta de medicinas o por deficiencias en los servicios de salud.  Venezuela vive lo que los especialistas han denominado una crisis humanitaria compleja.

Entonces preocuparse por el cerro El Ávila, el Salto Ángel, los parques y jardines de nuestras ciudades, las playas de Mochima, Morrocoy o Margarita, el caimán del Orinoco o el cardenalito, o fomentar el reciclaje es solo para bohemios – en el sentido de que se apartan de la realidad -, para gente indolente que valora más un frailejón que la vida humana.

II

La carencia de agua, el “elemento vital”, necesaria para la higiene, la preparación de alimentos y el consumo, es un tema ambiental que ha terminado agrupando en la preocupación – gracias a la deficiencia de la gestión del recursos hídrico – a comunidades de todo el país: ParaguanaMérida,Catia La Mar, en el estado Vargas o en Caracas, capital de la república y en plena temporada de lluvia, donde hay sectores que pasan más de 21 días sin que llegue agua a través de tuberías.

Capítulo aparte es la calidad del agua que estamos consumiendo.  Aunque no hay datos oficiales, estadísticas fiables sobre la calidad del agua, para los habitantes de Valencia, capital del estado Carabobo y zonas aledañas, la vista y el olfato es suficiente para entender que el agua que consumen no es la misma que la de hace muchos años atrás, y difícilmente la pueden considerar potable.

La extracción de oro es la principal actividad minera ilegal presente al sur del Orinoco, y esta incluye el uso de mercurio para aumentar la eficiencia de la “captura” del mineral.   Es por ello que se han detectado concentraciones importantes del tóxico en la atmósfera, cuerpos de agua, sedimentos, suelos, vegetación y animales acuáticos y por ello un porcentaje significativo de la población en las zonas mineras o comunidades indígenas ubicadas aguas abajo se encuentra afectado por la contaminación por mercurio.

Pero junto a la contaminación por mercurio, la minería está estrechamente ligada a la deforestación y al mismo tiempo a la proliferación de la malaria, enfermedad cuyo control fue descuidado y que hoy no está focalizada en el estado Bolívar sino que se dispersa por buena parte de Venezuela incluyendo Sucre, Zulia, Monagas, Delta Amacuro, Amazonas, Anzoátegui y el estado Miranda, a “pata de mingo” de la capital de la república.

¿Acaso hay algún municipio de Venezuela que pueda mostrar un impecable servicio de gestión de residuos sólidos que incluya aspectos de reciclaje, recolección y adecuada disposición sin contaminar suelos y aguas?  Habrá uno mejor que otro, pero en todo el territorio una buena parte de la basura ni siquiera es recogida, y la gente convive entre moscas y ratas.  No hay en Venezuela un Plan Nacional de Gestión Integral de la basura, instrucción explícitamente establecida en la ley del área aprobada en 2010 y cuya elaboración es responsabilidad es del Ministerio de Ecosocialismo y Aguas.

En todos esos problemas, y muchos otros, el denominador común es la palabra ambiente.  Así, la garantía de una mejor calidad de vida pasa por la variable ambiental.  No es casual que varios de los 17 Objetivos de Desarrollo Sustentable planteados por la Organización de las Naciones Unidas y adoptados por Venezuela para el combate de la pobreza y decenas de sus objetivos son ambientales.

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