Amar al planeta Tierra | Rafael Del Naranco

Hoy sábado será presentada en París, tras la 21ª conferencia del clima organizada por las Naciones Unidas, "la hoja de ruta climática" surgida de acuerdos, incertidumbres y negociaciones que ha contado con la más amplia presencia de gobernantes del mundo. 


No será, lamentablemente, -conociendo las difíciles circunstancias ambientales del Planeta Azul- una panacea. Los intereses económicos seguirán imperando por encima de una realidad aplastante: la Tierra, tal como la conocemos, va camino de convertirse en un desierto si no se toman medidas apremiantes; la principal, que la temperatura ambiental no suba dos grados más. Parece cosa baladí, no obstante sobre esa cifra está en juego el futuro de la raza humana como hoy la conocemos. La diosa Gea ha comenzado hace varias cosechas a llorar gotas de sangre. En nuestro propio mar Caribe, ahí mismo, hay sequías que no esperábamos e inundaciones que tampoco se anunciaban. 

En el cenáculo parisino se han alterado los protocolos: los jefes de Estado, normalmente, clausuran los encuentros; esta vez, lo abrieron. ¿Razones? Si no se cuenta con el mayúsculo poder político, todo se irá, como ha venido sucediendo hasta ahora, al garete.

La frase pronunciada en estos días hasta el cansancio, es una plegaria que cada uno deberíamos tener en los labios: "El futuro del planeta está en juego y solamente nosotros, los propios seres humanos, podemos salvaguardarlo". 

Lo expresan los especialistas con dictamen firme: "De seguir aumentando las concentraciones de dióxido de carbono en la atmósfera, la vida en la Tierra, nuestro imprescindible hogar, se haría insoportable".

Y otras palabras tan irrefutables como unos ojos que miran a lontananza suspirando con desasosiego: "La primera gran medida para defender el medio es atender las dificultades, siempre graves, de la población empobrecida". Sin ese laudo inexorable, lo ejecutado fuera de él iría directamente al fracaso. 

La otra verdad que debiera sonar en nuestros oídos como un repiquetear de campanas, son los subsiguientes inquietantes datos:

Los 30 países más desarrollados que representan el 20 por ciento de la población mundial, consumen el 80% de la energía y el 40% del agua potable. A cuenta de las pésimas condiciones del liquido de la vida, 60.000 personas mueren al día. Cerca de 3.000 millones de humanos beben sorbos húmedos de ínfima calidad y, de ellos, un tercio sigue sin acceder al agua purificada.

El año que termina es considerado como el más caluroso desde que se controla la temperatura del planeta, lo que produce los siguientes devastadores efectos:

La atmósfera y los océanos se han calentado; la cantidad y extensión de las masas de hielo y nieve han disminuido; el nivel del mar ha subido y las concentraciones de gases de efecto invernadero han aumentado.

En la mitad del medio, una realidad: quienes más debieran hacer para que el cambio climático fuera controlado son los países desarrollados, y no lo hacen. O lo efectúan a cuentagotas. 

Nadie debe ignorarlo: el planeta está enfermo y el único que puede salvarlo, rescatarlo de sus padecimientos, es el propio ser humano.

Curioso teorema: el paciente, si lo desea, puede protegerse a sí mismo, ya que la vida en la Tierra, si no es destruida en un hipotético cataclismo venido de la profundidad del Universo, depende únicamente de nosotros.

En las cumbres climáticas hay exactitudes como montañas, e igualmente demagogia a toneladas. Algunos líderes llegan a los foros con palabras elocuentes, discursos encendidos, tronando y maldiciendo a las naciones más poderosas industrialmente... sin presentar una sola solución. Son los incurables embaucadores de oficio.

Todos, en mayor o menor medida, somos responsables de nuestra madre Gea: sí hay pobreza profunda y dramática en el planeta; es cierto que tenemos los ríos y mares contaminados, mientras la hambruna es de espanto y el carbono de los gases y deforestación van camino de envenenar el aire. Disculpen: la culpa no es solamente de las naciones desarrolladas, igualmente lo es de los pueblos paupérrimos que nada hacen a favor del medio ambiente que les rodea. La Tierra amada nos pertenece a todos por igual. Existe una acción que la puede realizar todo buen ciudadano sensible a la naturaleza: depositar en distintos contenedores el plástico, papel, hojalata y vidrio. 

Nuestra América Latina está obligada a sacudirse. Posee riquezas considerables en el subsuelo y la superficie; a la par gobiernos ineptos y corruptos. Es más fácil convertirse en pedigüeños que construir una sociedad organizada. Se vive en un duradero bochinche de abandono y miseria.

Uno debe salvarse a sí mismo y ayudar a la naturaleza que nos rodea. La Tierra es nuestro hogar y nos corresponde protegerlo.

Rafael Del Naranco

Artículo de opinión publicado en El Universal el sábado 6 de diciembre.