Familias enteras viven de lo que recogen entre la mugre

Ernestina Herrera

Freddy Vargas vive desde hace 10 años entre moscas, zamuros y roedores. Es morador del barrio aledaño al vertedero de Potrerito, municipio Maturín, al oeste de la capital de Monagas.

Como Vargas, otras 29 familias conviven con la mugre.
El vocero refirió que se la pasa en el botadero en espera de los camiones para buscar lo que se pueda vender. De piel curtida por el sol, afirmó que para comer "solo hace falta agua y sal ya que la comida también la sacamos de aquí mismo".
Dice que están acostumbrados a esa clase de vida. "No soy yo sólo el que vive así, de los desperdicios". Se refiere a los integrantes de las más de cinco familias que hurgan entre lo que vierten los camiones.
Más de 40 personas, entre hombres, mujeres y niños se dedican a la clasificación de los desechos para sacarles provecho.

La mayoría se cansó de esperar la concreción de un proyecto comunitario que les permitiera otra forma de vida. El plan anunciado hace seis años por el Consejo Municipal de los Derechos de los Niños y Adolescentes (Cmdna) nunca se inició, manifestó uno de los moradores de la zona.

Galpón. El botadero no sólo recibe la basura de Maturín sino de otros 7 municipios. La situación ha llevado al alcalde José Maicavares, a reconocer que el botadero está colapsado y que urge la búsqueda de terrenos para construir no uno sino tres vertederos.

A pesar de que el Cmdna efectúa inspecciones para evitar que los menores de edad se dediquen a esta actividad, los mismos padres se ven obligados a empujar a sus hijos a la actividad. "No tenemos otra forma de sustento sino esta", indicó uno de los lugareños que acuden a diario al lugar que no reveló su nombre.
En el proyecto del Cmdna se establecía la necesidad de construir un galpón donde estas personas pudieran dedicarse a otro tipo de actividades como la mecánica, en el caso de los hombres y la costura, en el de las mujeres.

Aunque la infraestructura se levantó gracias al apoyo del Concejo Comunal, nunca llegaron los técnicos que entrenarían a las personas para poner a andar el proyecto.

Algunos de los integrantes de la comunidad mantienen la esperanza de que su modos de ganarse el sustento pueda ser otro; otros, sin embargo, están desasperanzados.
Luisa, nombre ficticio de una mujer que no quiso revelar su identidad, resguarda a sus hijos del ambiente sórdido e insalubre del vertedero y acude sola a tratar de conseguir materiales que luego pueda expender. Lleva el rostro tapado con un pañuelo y en sus piernas se ven cicatrices de cortaduras. "Son las huellas basurero", explica.

Los niños del barrio cercano al vertedero -no sólo los que recogen basura, aclara- sufren de enfermedades de la piel y de diarreas constantes. "Estamos enfermos, pero no podemos hacer más nada", expresó.

Ante las denuncias, los intentos de ÚN por obtener la versión de voceros del Cmdna resultaron infructuoso.

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